jueves, 1 de agosto de 2019

El síndrome de Stendhal

Siempre que viajo a algún sitio donde me gusta alguna bebida o comida, me convenzo de que lo voy a hacer cuando vuelva a casa..., nunca lo hago, pero esta vez me ha pasado lo mismo. Me encanta el té, y este casi más que el inglés o irlandés, o incluso el indio chai latte con canela y cardamomo. Y me encanta que lo toman constantemente, a todas horas y todo el mundo, infinitamente mas que el café. A cada rato te encuentras con algún chavalote que lleva una bandeja colgante llena de vasitos de té que va repartiendo por la calle, en las tiendas o en los puestos, donde se lo hayan pedido. Además son vasitos pequeños, por lo que no te da ni tiempo a hartarte, me gusta muchísimo y sienta fenomenal. Me he comprado dos vasitos preciosos con platos ideales y cucharillas doradas, voy a tomarme muchos tés y os invitaré también. Salvo por la noche, claro. Por la noche no me deja dormir así que he encontrado otro té mucho más adecuado para la noche: el té de manzana. La guía del tour de Capadocia nos decía que el té de manzana era riquísimo pero uno te daba la vida pero otro te la quitaba... es que el té de manzana se vende en dos formatos, o en polvitos o en bolsitas. El de polvitos es cuasi venenoso, lleno de azúcar y un sabor intensisimo que te harta al segundo sorbo. El otro, el de bolsita es delicioso y sano. Hoy hemos cenado en un sitio muy original y auténtico, un restaurante con sillas bajas y sofás forrados de kilims, llamado Mesale, donde hemos tomado kebab variado y unas crepés rellenas de espinacas, ensalada de berenjena y todo amenizado con un trío lastimero de música turca y un derviche que daba vueltas cual peonza. Muy chulo, aunque un poco petardo. No pudimos tomar nada de alcohol porque por lo visto, cuando un restaurante está cerca de una mezquita, está prohibido vender o consumir en él ningún tipo de alcohol, dicen que si te hacen una foto consumiendo alcohol en el local, te lo cierran y te hacen polvo..., y eso que es un país laico..., me río yo del demócrata Erdogan... Hemos estado hablando con un camarero, medio en inglés, medio en español, y como siempre, acabamos hablando de fútbol. Real Madrid, Barça, Besiktas, Galatasaray... de esto sí que saben, claro. Y luego nos hemos ido a fumar una cachimba al local que os contaba ayer, el que era tan mono y pijito. Pues muy bien, no me disloca pero ha estado bien, aunque a Pedro no le gusta nada y ni lo ha querido probar, le da asquete. En este local tampoco había alcohol, está claro que el barrio es muy decente, demasiado. 
Estamos muy cansados, ya se notan los días de trajín y sobre todo de calor, aunque bebemos agua como posesos. Por eso hoy nos hemos levantado un poco más tarde y luego nos hemos metido una buena paliza: hemos visto Santa Sofia, el palacio de Topkapi y luego por la tarde, nos hemos ido por el Bósforo en un crucero!! 
Haghia Sophia (Pedro escribe)
Acudimos por la mañana a Santa Sofía con el ánimo un tanto encogido, temiendo llevarnos otra decepción, por las mismas razones que en la mezquita azul, es decir, la combinación del olor a pies descalzos en un caluroso día de verano, la muchedumbre asfixiante, armada de palos y teléfonos móviles con los que agredir a quien se les acerque, y los andamios para los trabajos de restauración. Nada de eso ocurrió por una razón ya antigua: desde 1935, Santa Sofía no es ya mequita, sino museo, por lo que no hay que descalzarse los pies (todos) ni cubrirse (las mujeres) la cabeza. 
Finalmente entramos guiados por un turco al que las palabras inglesas se le atrangataban en la boca y las profería espaciadas e irreconocibles. Pronto nos desentendimos de él, absortos en la maravilla de ver una cúpula de dimensiones colosales, soportada por otras bóvedas laterales que a su vez se apoyan en otras más pequeñas. Un eco puede verse en el suelo, en un lateral, el lugar donde se coronaba a los emperadores bizantinos, conocido como Ómphalos, el ombligo del mundo, formado por varios círculos de mármol de diversos colores incrustados en el suelo. Y desde allí uno vuelve otra vez la mirada hacia arriba, a esa cúpula inmensa que parece el cielo o quizás el mundo. 
Hay todavía elementos que perduran de cuando fue mezquita, como el mihrab que no está en medio justo del ábside, sino un poco girado. Lógicamente, cuando Justiniano ordenó construir Santa Sofía, la posición de La Meca le traía sin cuidado. A su lado está el Minbar, esa especie de púlpito de gran tamaño para la oración de los viernes. Y naturalmente los grandes tondos con gigantescas escrituras en árabe de los nombres de Alá y Mahoma y otras muchas caligrafías.
Antes que mezquita, fue iglesia, con unos espléndidos frescos que fueron debidamente tapados, pero que ahora se recuperan y vuelven a salir a la luz: la omnipresente Virgen con el niño en el regazo, arcángeles, San Juan Bautista, patriarcas y diversos emperadores con un saco de dinero en la mano, el símbolo de sus generosas donaciones a la iglesia. Hay también un triforio, al que subimos, donde están algunos de estos iconos, y una colosal puerta de bronce, robada de un templo griego del siglo IV a. C. Paganismo, cristianismo e Islam, expuestos ante la mirada boba de los móviles y los turistas, que posan para decir: “yo he estado aquí” y el mundo entero tiene que saberlo.
Todo esta belleza, esta conjunción de espiritualidad y poder terrenal, y ostentación y riqueza, cayó en manos de los turcos en 1453, que la convirtieron en mezquita y en modelo para todas las mezquitas que construyeron a partir de ese momento.

"And if you call me brother now, forgive me if I inquire: just according to whose plan?" L. Cohen, The Story of Isaac


















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